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Cuentos Taberneros: La ilusión nunca se pierde.

Toda mi vida había soñado con ese momento y teniendo la ilusión de un muchacho de 15 años, estaba a un paso de cumplirlo. Era la última fase de la pre temporada para encarar el Apertura 2003 y yo estaba por hacer la prueba final para intentar integrarme a las fuerzas básicas del equipo de mis amores; mi amada Franja. Habían sido 2 semanas muy duras de pruebas ante la mirada seria de nuestro coordinador y entrenador de porteros del primer equipo, Ignacio Palou. Habíamos visto por ahí al ‘Profe’ Carrillo, pero no había dirigido palabra con nosotros en todo este tiempo, todo se había resumido a trabajar bajo las órdenes de ‘Nacho’ y de un simpático señor pelón al que todos se dirigían como ‘Chelis’.

Recuerdo que desde el primer día de entrenamientos y pruebas, me temblaban las piernas de nervios. No era para menos, a un lado de nosotros se encontraban entrenando mi ídolo Jorge Campos, él había sido mi inspiración para decidir ponerme un par de guantes en las retas. También estaba Oscar Dautt, Aldo Díaz y un joven arquero desconocido para nosotros en ese momento, pero que después supimos que recién había sido ascendido al primer equipo proveniente de las inferiores del club, se llamaba Jorge Villalpando.

Pruebas físicas, trabajo aeróbico, velocidad, colocación, reacción, agarre de balón, estiradas, caídas, dominio con los pies, salidas, mano a mano, coordinación, flexibilidad, lectura de juego y claro, pruebas en partidos interescuadras; no habían dejado pasar ningún detalle para examinarnos. Dos semanas atrás, habíamos comenzado más de 40 ‘chavos’ que se ostentaban como porteros, ahora solo quedábamos 4 para solo 2 vacantes al arco de las categorías inferiores. Pero a pesar de los nervios y de que no era el más alto, no era el que traía más experiencia y que incluso era el más joven,  me sentía confiado y seguro.

Aquel sábado 7 de Julio del 2003, sería el día en que lograría mi sueño, estaba seguro de ello. Transcurrieron los primeros ejercicios de ese día, pero después de hora y media, nos mandaron a llamar al centro del campo del Cuauhtémoc. Ahí el ‘profe’ Palau nos explicó que formaríamos 2 equipos con el resto de aspirantes finales para las inferiores; equipo A y B, en donde nos dividiríamos en 2 tiempos de 30 minutos para que todos tuvieran oportunidad de participar. Yo cerraría en el segundo tiempo justo con el equipo B.

Ya estaba, no había vuelta atrás, era ahora o nunca. Los minutos avanzaban y veía como mi momento se acercaba más y más. Nuestro equipo B iba ganando por 1 gol a 0 y en parte gracias a que nuestro portero, ‘Javi’, se había comportado a la altura del reto; el maldito no había dejado que entrara ni el aire a la portería, su defensa le aplaudía en cada atajada mientras el ‘profe’ Palau apuntaba en su libreta. El nervio creció en mí y de pronto, pitaron el término del segundo tiempo, era hora de cambiar lugares con los que habían iniciado.

Amarre bien mis zapatos, con vuelta incluida en el tobillo, ajuste mis guantes y corrí hacia la portería, donde toque ambos postes como siempre lo había hecho como mi cábala. “¡No la cagues! ¡No la cagues! ¡No la cagues!”, pensé para mis adentros. Comenzó el segundo tiempo y de inmediato comencé a dar órdenes a mi defensa guiándome en los números que habían puesto con cinta de aislar detrás de nuestras casacas: “¡Ciérrale 32, no des espacio! ¡Hey 75, a tu derecha, marca a ese cabrón! ¡Atento 61, que no tiré!”. 15 minutos y no había tenido sobresaltos, lo estaba manejando muy bien hasta el momento, solo atajadas de rutina. Volteé a la tribuna y ahí estaba mi papá y mi mamá, no iba a fallar…no podía fallar.

De pronto, un delantero bajito y menudito, se hizo con el balón y comenzó una descolgada por la banda izquierda, “seguro va a centrar”, pero él tenía otros planes; cuando ya llegaba a los límites del área grande, driblo hacia el centro y enfiló directo hacia la portería, “va a fusilarme” pensé. Por un momento sentí los pies pesados y me amarre, pero algo me hizo reaccionar y corrí a cerrar el espacio y justo cuando iba hincándome y extendía los brazos, el delantero soltó un zurdazo que se fue elevando desde sus pies y se incrusto en el poste superior derecho de mi cabaña. “Gol” dije, ni si quiera vi el maldito balón.

Sentí un nudo en la garganta, “¿Cómo carajo no pude reaccionar antes?” pensé. Voltee a la tribuna, vi la cara de mi papá y supe que él también lo sabía…la había cagado. Faltaban 3 minutos y nuevamente el enano ese, se hizo con el balón y de nueva cuenta comenzó una jugada por la banda izquierda. “¡Ciérrenle el espacio!”, gritaba desesperado. Pero dejaba atrás jugadores y veía como nuevamente enfilaba hacia el centro. “No me la harás de nuevo”, dije hacia mis adentros, pero cuando él estaba por entrar al área grande y yo estaba listo para salir a cortar desde el poste que estaba cubriendo, volvió a sacar un zurdazo potente; recuerdo la escena como en cámara lenta, me lance y me estire todo lo que daba pero nunca pude llegar, volvió a incrustar el balón en la esquina superior derecha.

Y ahí, tirado en el pasto, con un nudo en la garganta, yo sabía que todo había acabado. Termino el partido, nos mandaron a llamar, nos dieron el discurso mareador de toda la vida y que ante la derrota, siempre sabe peor; y comenzaron a dar los nombres en voz alta. No esperaba el mío y obviamente nunca lo dijeron. Me retire rápidamente hacia las bancas para recoger mi mochila, ni siquiera pensé en tomar la foto del recuerdo en aquel campo y que horas antes, había planeado tomar. Mis papas ya me esperaban en la rampa, no dijeron nada, me conocían y sabían que no era el momento. En el carro y rumbo a la casa, me solté a llorar “¿Cómo tire todo a la basura de esta forma tan tonta?”, exclamé.

Mi papá comenzó a hablarme y solo escuche cuando me dijo “la próxima temporada lo intentaras”. No, no habría una próxima vez para mí, yo lo sabía y él lo sabía…esta había sido mi última oportunidad. No quise saber nada del maldito fútbol en un mes; así que me recluí el resto del verano a jugar videojuegos y leer cómics. Nadie tocaba el tema en la casa, era como un tabú; ni si quiera mis hermanas se empeñaban en molestarme, sabían lo serió del asunto. Después de un tiempo y a mediados de la temporada, mi papa logró convencerme de ir al estadio. A regañadientes acepte. Llegamos al estadio, compramos los boletos en la taquilla y estando por repetir nuestro ritual de siempre, ir por una cemita y un refresco antes de iniciar al partido, vi a un grupo de ‘chavos’ acercarse riendo y gritando; todos iban con pants de entrenamiento del Puebla FC.

Entre ellos, logre ver a ‘Javi’, uno de los porteros con los que competí por un puesto y que se había quedado con el. Me platicó cómo le iba con el club, nos abrazamos y le deseé lo mejor, nos despedimos y cada uno tomo su rumbó. Mi papá se percató de todo y me pregunto “¿Cómo te sientes?”, no le conteste nada. Y la verdad es que me sentí bien y contentó por él, conocía la historia de lo que había sacrificado por esa oportunidad, se lo merecía. “Vamos por esa cemita que muero de hambre”, le dije a mi padre y mientras caminábamos rumbo al puesto, le comente “¿Sabes algo ‘pa’? después de todo si haré las pruebas para el equipo de la prepa”. El solo sonrió y me dijo “Te dije que la ilusión nunca se pierde”.

 

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