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Andy van der Meyde, cocaína y alcohol antes que el balón

Es ampliamente sabido por todos que muchos futbolistas tanto nacionales como internacionales tienen una vida llena de lujos y excesos. Pero, ¿qué sucede cuando esa vida llena de lujos y excesos se les sale de las manos?

Andy van der Meyde (Arnhem, 1979), uno de los niños bonitos del fútbol holandés, escribió su propia historia rodeado de alcohol, cocaína y excesos que le costaron el no haber disfrutado de una brillante carrera como sus inicios hacían prever. Salido de la siempre exitosa cantera del Ajax, debutó con el equipo de la capital a los 18 años de edad. Una bala en la banda derecha, un recurso en la izquierda. Se decía de él que iba a mejorar al mítico Rep, estrella de la Máquina Naranja durante años. Era vertical, determinado y decidido. Imparable con el balón en los pies. Estaba condenado a liderar una generación ajaccied (tras la que había ganado todo en 1995) junto a jugadores jóvenes como Pienaar, Chivu, Maxwell, Ibrahimovic, Sneijder o van der Vaart.

Jóvenes con dinero, afamados y siendo los mejores en lo suyo. Acababan de conseguir ganar La liga y la Copa en 2002 y tenían el mundo a sus pies. O al menos, eso creían. El holandés, sabedor de su gran oportunidad perdida y que hay trenes que pasan sólo una vez en la vida, no dudó en escribir una autobiografía para sincerarse una vez retirado. Titulada ‘Geen Genade’ (Sin piedad), en ella cuenta sus noches más oscuras.

“Competíamos en carreras de coches ilegales por la noche por el anillo de la A10 de Ámsterdam. Zlatan tenía un Mercedes SL y Mido a veces corría con un Ferrari y otras con un BMW Z8”, señala en una parte del libro Andy Van der Meyde, que además no oculta que empezó a fumar instruido por el checo Tomás Gálasek, santo y seña del club y que posteriormente sería capitán. Tras haber debutado y acumular experiencia con el primer equipo, su paso trampolín por el Twente como cedido le devolvió a Ámsterdam con más confianza aún.

Se sentía Dios, el hombre más importante sobre La Tierra y con la capacidad y posibilidad de hacer lo que quisiera cuando quisiera. “Tenía dinero y podía comprar todo lo que me viniera en gana y estar con las mujeres que me propusiera. Hacía lo que me apetecía en cualquier momento, desde el día que debuté. Ahora pienso cómo podía hacer eso y echar a perder de esa forma mi carrera…”

Pero en el campo, rendía. Tanto que el Inter de Milán se fijó en él y pagó la nada desdeñable cifra de 12 millones de euros (hace 10 años pues era un dineral) por su traspaso. Solo fueron dos años. Tiempo más que suficiente para que Zaccheroni primero y Mancini después no le dieran bola en el terreno. Él ya disfrutaba bastante fuera de él. Y llegó una oferta de Liverpool, del Everton concretamente para que Andy llegara al club toffee.

“Me ofrecían el doble de lo que me pagaban en el Inter, y ni me lo pensé. Lo primero que hice nada más llegar a Liverpool fue comprarme un Ferrari y emborracharme en uno de los sitios más famosos de la ciudad”.

Pero antes, en Milán, Van der Meyde se escondía detrás de la botella en su infinita mansión en las afueras de la ciudad para ocultar los problemas deportivos. Cada vez eran más frecuentes las disputas con su novia, así que se buscó otro lado en el que vivir-beber. “Salía los sábados y los domingos. Pero también los lunes, los martes, los miércoles… Bebía a todas horas. Era una forma de no pensar en nada. Luego llegaba a casa y no me sentía cómodo. Tenía un zoo allí. Había loros, caballos, perros, tortugas. Una vez llegué y encontré que mi novia había comprado un camello.”

Por aquellos entonces, Marco van Basten, ídolo en la ciudad italiana, fue nombrado seleccionador holandés en lo que supuso el principio del fin de su carrera internacional. Conocedor del entorno en el que se movía Andy, van Basten le condenó al ostracismo de la oranje. Había debutado dos años antes, en 2002, y hasta entonces había sido indiscutible, jugando 17 duelos. Nunca más volvió a vestir la camiseta de Holanda.

Toda vez que llegó a Liverpool se desató más, si es que eso era aún posible. La cocaína se convirtió en parte fundamental de su vida. David Moyes, entonces en el Everton, llevaba ya 3 años en Goodison Park y pensó que podría recuperar a van der Meyde para la causa. Pero el intento fue fallido.

Íbamos de fiesta en fiesta. A veces iba a casa a por ropa y le decía a mi novia que nos íbamos de concentración a un hotel, cuando en realidad lo que pasaba era que la fiesta continuaba. Bebía sin parar y consumir cocaína estaba a la orden del día. No podía controlarlo. Luego, para dormir, necesitaba muchas pastillas o no era capaz de hacerlo. Había cosas un poco más fuertes que sólo se podían conseguir con recetas médicas y entonces lo que hacía era robárselas al médico del club.

Se pasó toda la primera temporada de las tres que estuvo en Liverpool lesionado con problemas musculares. Los rumores acerca de sus excesos empezaron a ver la luz y a mitad de 2006 fue ingresado en el hospital de urgencia por problemas respiratorios y se dejó entrever que no era más que una tapadera para ocultar la causa real, que había sido la de mezclar distintas sustancias entre las que estaban el alcohol y la cocaína. Moyes le apartó del equipo, le relegó una campaña entera al equipo reserva cuando su paciencia se terminó después de que el extremo faltase dos veces al entrenamiento, multa incluida.

En su último año en Inglaterra pudo reconducir su vida. Abandonó los malos hábitos, pero ya era demasiado tarde. No llegó a disputar ni 30 minutos en la última temporada. Tenía 29 años y ya no le quedaba nada de lo que disfrutar junto a un balón. Se fue de Goodison Park,consiguió una prueba en el PSV pero no llegó siquiera a debutar para acabar dejando el fútbol por la puerta de atrás, retirándose con sólo 30 años y quedando toda su calidad relegada a un equipo amateur de barrio.

“Tenía mucho talento, era rápido y con mucha calidad y le daba igual la banda, podía cambiar el signo de cualquier partido donde jugara, lo tenía todo y se quedó sin nada. Una auténtica pena. No llegó a lo que podía y todos creíamos, pero es que verle en los entrenamientos era increíble.”, señaló Reiziger, compañero de selección.

Hoy, Andy van der Meyde vive su vida lejos del fútbol. Acostumbrado a ver su figura en la banda derecha como un jugador fino, delgaducho alto y espigado de pelo largo y piel blancucha, el cambio ha sido radical. Ha dejado el balón y se ha convertido en un adicto al gimnasio. Ha cambiado las botas de fútbol por los guantes de boxeo, la piel lechosa por los tatuajes y luce un rapado de pelo que le da aspecto de tipo duro. Su nueva figura se asemeja a la de Tim Wiese, exportero alemán ahora estrella de la lucha libre. Viste con asiduidad camisetas de fútbol, quizás para dejar patente esa espinita que posiblemente siempre tendrá clavada en el fondo de su alma y ha lanzado su propia línea de gorras, que tiene como logo de marca la figura de un hombre arrodillado disparando, la famosa celebración que escenificaba tras sus goles.

Sería posible resumir su carrera en una frase que él mismo publicó en su libro: “Fui una vez a Manchester de fiesta. Me bebí una botella de ron entera yo sólo y llegué justo a la hora del entrenamiento sin tiempo para descansar. Hice los mejores tiempos físicos, pero todo el mundo sabía de mi estado. No podía esconder que iba borrachoLo tenía todo y se quedó sin nada. Andy van der Meyde, un futbolista que dejó toda su calidad encerrada en una botella.

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